Había una vez, en lo alto de las montañas nubladas, un pequeño dragón llamado Spark. Spark era diferente a los otros dragones de su edad: su fuego era de color morado en lugar de rojo, y brillaba como las estrellas.
Una mañana, Spark se despertó y algo estaba mal. Intentó soplar fuego como siempre hacía para calentar su desayuno, pero nada salió de su boca. Ni una chispa. Ni un destello. Nada.
"¿Qué me pasa?", se preguntó preocupado. Corrió a buscar a su abuela, la sabia dragona Ember, que vivía en la cueva más alta.
"Abuela, ¡perdí mi fuego!", exclamó Spark con lágrimas en sus ojos escamosos.
La abuela Ember sonrió con sabiduría. "No lo has perdido, pequeño. Solo está dormido. Para despertarlo, debes encontrar tres cosas: una risa verdadera, un acto de valentía, y una amistad inesperada."
Spark no entendía del todo, pero estaba determinado. Bajó volando por la montaña hacia el bosque encantado.
En el bosque, encontró a un conejo que lloraba. "¿Por qué lloras?", preguntó Spark.
"El zorro malvado me persigue y quiere comerme", sollozó el conejo.
Sin pensarlo dos veces, Spark se puso frente al conejo. Cuando el zorro apareció, Spark rugió con todas sus fuerzas. Aunque no tenía fuego, su rugido fue tan fuerte que el zorro salió corriendo asustado.
"¡Gracias, dragoncito valiente!", dijo el conejo. "Te debo la vida. Seamos amigos."
Spark sonrió. Había encontrado valentía y una amistad inesperada. Solo faltaba la risa verdadera.
El conejo, cuyo nombre era Saltarín, comenzó a contar chistes tan tontos que Spark no pudo evitar reírse a carcajadas. Y mientras reía, algo mágico sucedió: una chispa morada salió de su boca, luego otra, y otra.
"¡Mi fuego ha vuelto!", gritó Spark emocionado, lanzando pequeñas llamas moradas al cielo.
La abuela Ember tenía razón. No había perdido su fuego; solo necesitaba recordar lo que lo hacía especial: la valentía, la amistad y la alegría.
Desde ese día, Spark y Saltarín fueron los mejores amigos, y el dragón aprendió que su fuego morado era especial porque venía del corazón.
FIN